Nefertiti miró por la ventana. Llovía, aunque no demasiado. Caía la tarde y el cartel del bar que daba sobre su pequeño balcón comenzaba a titilar.
Otro día de nada pensó, mientras miraba el teléfono. El ministro debería llamarla.
Entendía ella que era necesaria para sostener su poder y su carrera.Por eso su casi certeza.
En sus diecinueve años había aprendido que el origen de las cosas estaba en su pubis.
Como un